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Objetos cotidianos y arte contemporáneo narran la Guerra del Chaco en Asunción

Asunción, 6 feb (EFE).- El presidente paraguayo Eusebio Ayala recibió en 1934 un álbum con tapas de cuero marrón y letras doradas, regalo del Ministerio de Defensa, con fotografías de la Guerra del Chaco, que enfrentó a Paraguay y Bolivia entre 1932 y 1935.

Más de 80 años después, ese álbum llegó a la historiadora paraguaya Ana Barreto, a quien le sorprendió su "narrativa interesante", con un relato visual que arrancaba con imágenes de un Paraguay armónico y bucólico.

"Después de todo lo que sería el 'establishment' del Paraguay, el poder, el orden, la disciplina... y lo que se entiende como un control de la situación (...), al pasar todas esas fotografías, empezaron a aparecer fotos de muertos", comentó Barreto a Efe.

Las imágenes le sirvieron de inspiración para dar forma a la exposición "El infierno del Chaco. Belleza y muerte en la Guerra 1932-1935", que se muestra en el Centro Cultural Citibank de Asunción.

Ese contraste entre poder y muerte le llevó a fijarse en que los fallecidos eran soldados bolivianos, "del enemigo", cuyos cuerpos podían exhibir "toda la magnitud de la violencia", mientras que las tumbas paraguayas aparecían "ordenadas y con cruces".

Su fascinación por el álbum de Ayala fue mayor al descubrir la relación entre la muerte y la belleza de las fotos que cerraban ese regalo al presidente paraguayo.

"La manera de hablar o de entablar un diálogo con esas muertes era como la persona que había planeado la narrativa del álbum lo hizo, con todas las fotografías de la belleza del Chaco", aseguró la historiadora.

Impulsada por ese "relato potente", Barreto comenzó a trabajar con el artista visual Osvaldo Salerno para reforzar esa historia a través del arte contemporáneo.

Una exposición de once vitrinas que "habla de la gente común, de la gente cuyos nombres no aparece en las placas de bronce", señaló Salerno a Efe.

HISTORIAS DE LA COTIDIANEIDAD

La muestra se aparta de la cronología y cuenta esas once historias con fotografías, cartas o condecoraciones, unidas a obras de artistas paraguayos, de colecciones o préstamos privados.

"Es una suerte de laboratorio donde cruzamos la historia y lo artístico", dijo Salerno.

Sin renunciar al rigor histórico, la narración se enriquece con el lenguaje del arte y combina objetos de la época con vasos con agua del río Paraguay, ya evaporada, en alusión a la obra "Arroyito", de la paraguaya Mónica González.

"El río Paraguay era una de las columnas vertebrales, era el umbral de disputa. Más que el territorio, era la salida al mar lo que se estaba disputando. Por eso hay vasos", apuntó Barreto.

Ambos buscaban que el visitante se acercara a esa guerra desde las sensaciones que evocan los objetos, más que desde la precisión académica.

Por eso muchas vitrinas se llenan relojes parados en una metáfora de las vidas truncadas por la guerra.

MADRINAS Y COSTURERAS

Barreto completó el álbum de Ayala con imágenes e historias como las recogidas en la colección de fotografías y cartas de Gustavo González, médico durante el conflicto.

La exposición también recoge las cartas entre los soldados y sus madrinas de guerra, que establecieron "vínculos de carácter excepcional" impensables en otras coyunturas.

"El ahijado empieza una idealización de la madrina. Había algunas veces la posibilidad de que la madrina, si era soltera, le mandara su foto", dijo Barreto.

La historiadora quiso también indagar en otros papeles desempeñados por las mujeres en la guerra, como las costureras que trabajaron para el Ejército.

"La costura posibilitó que muchas mujeres de clase media pudieran sostener económicamente su hogar en ausencia del marido, o sin marido, porque el 60-70 % de los hogares paraguayos estaban constituidos por madres solteras", añadió.

OLVIDADOS DEL CONFLICTO

Esta forma de presentar la historia, alejada de los formalismos tradicionales, permitió a Barreto abordar cuestiones que el relato nacionalista ha soslayado, como el racismo hacia los bolivianos, a los que el ensayista Juan E. O'Leary se refería como indios, o la situación de los nativos del Chaco paraguayo.

"Tampoco la historia se detuvo en hacer una narrativa en cuál es la memoria que sobrevive de los indígenas del Chaco respecto a la violencia que significó la guerra, porque a ellos la guerra les cayó de golpe y les obligó a tomar posiciones paraguayas o bolivianas y, en cualquiera de los dos casos, sufrieron muchísimo", remarcó.

LA BELLEZA COMO SALVACIÓN

Las manecillas de los relojes, detenidas en los otros relatos, avanzan impasibles en la última vitrina, en la que la belleza refleja su eternidad en la naturaleza.

"El único tiempo que parece no detenerse es la belleza del Chaco. El Chaco sigue teniendo belleza, pese a que fue tumba, por lo menos de 90.000 muertos registrados. ¡Quién sabe de cuantos muertos indígenas!", concluyó Barreto.

Noelia F. Aceituno

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