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Por el Día del Idioma

El 99 por ciento de los ingresos que he tenido en vida se han debido al idioma español. Así que le tengo un amor inmenso a esta lengua que me ha dado satisfacciones con el trabajo de periodista, y ocasional de traductor, desde hace más tres décadas.

En la adolescencia, si me trajo contratiempos, repetí repetidamente tercero de bachillerato o secundaria porque rebeldemente decidí escribirlo con solo 19 letras, 5 vocales y 14 consonantes, tal como debería ser, de acuerdo con los sonidos y no a la etimología como la dicta la norma culta.

Mis maestros de todas las materias no me lo perdonaron y yo aprendí una cruel lección de realidad de vida.

No valieron mis argumentos del carácter fonético de las ortografías americanas del argentino Domingo Faustino Sarmiento y el venezolano Andrés Bello.

Pero la vida que hace justicia tarde o temprano me reivindicó con la frase de Gabriel García Márquez en Zacatecas, que retomó el concepto: “jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna”, en su criticado discurso “Botella de mar para el dios de las palabras”.

Tras pasar un año difícil, en el que fracasó mi primer periódico propio “El Mural”, no terminar mis estudios de derecho, en el último año, perder mi trabajo en la Secretaria de Educación de Bogotá, naufragar con mi imberbe y feliz matrimonio, perder contacto con mi único hijo, y que mi adorada abuela muriera, decidí que tenía que salir de Colombia por uno dos años sabáticos.

Esas vacaciones, supuestamente temporales, que me llevaron a México y se iniciaron en Estados Unidos en enero de 1979, nunca terminaron.

Llegué con esas ínfulas colombianas de ser un sabiondo del español, llevando el estandarte de que el Diccionario Larousse decía en la entrada de colombianismo, que el español colombiano era uno de los más puros y repetía sin cesar la frase Carlos Fuentes en La cabeza de la hidra, que reza “hablaba un castellano demasiado perfecto y con acento difícil de ubicar, neutro como el de un oligarca colombiano”.

Pero los años me fueron aterrizando y me dieron a entender que el habla de cada país hispanoparlante es respetable con sus propias características y modismos.

Que no existe ni buen, ni mal español, sino una lengua viva, adornada de riqueza con todas sus múltiples variantes.

Lo aprendí trabajando con gente de todos los países hispanohablantes

Por eso dio una pelea con la Academia Norteamericana de la Lengua Española y la Real Academia de la Lengua a incluir el término estadounidismo en el DRAE.

Estadounidismo 1. m. Palabra o uso propios del español hablado en los Estados Unidos de América.

El jueves, 25 de junio de 2009, en San Juan de Puerto Rico, en un panel sobre el idioma español, en la Conferencia de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos lance una bomba al reclamar que se respetara el uso y los términos del español hablado y escrito en Estados Unidos. Finalmente, gané la guerra, y el DRAE incluyó estadounidismo en 2012